miércoles, 16 de mayo de 2007

Yo inventé el jabón

“Sí, así es, no se sorprenda, yo fui quien lo hizo, pero por eso estoy demandando a la CIA, al FBI y al Gobierno en general, porque me robaron mi invento, y ahora me quieren violar”. Ah caray, esto último ya me preocupó, lo del jabón no tanto porque quien lo haya inventado pues no es tan importante, pero que quieran violar a alguien por eso, pues ya es otra cosa. Y bueno, esto se lo escuché a una señora que llegó al Juzgado Quinto Civil del Primer Distrito Judicial ya hace varios años, si bien a primera vista (y a segunda y tercera) esta persona parecía estar fuera de sus cabales, en el servicio público se tiene que aprender a escuchar de las cosas más triviales hasta las más sorprendentes. Obviamente se encuentra la rutina diaria del procedimiento legal, que las pruebas, que los términos, que las vistas, que los vistos, pero dentro de todo eso siempre encontramos cosas que hacen diferente nuestra vida en los Juzgados.

Que lleguen personas con historias fantásticas no es algo tan extraño, por el contrario, creo que todos los que hemos invertido algunos años en este devenir de la administración de justicia, nos hemos topado con estos personajes que llegan a nosotros con esos problemas ilusorios, pero para ellos tan reales, que tal vez su vida y lo que resta de ella, se basa en ellos. Recuerdo a un Juez contarme de una señora quien aseguraba que la espiaban a todas horas con un telescopio magnífico, y a otro funcionario a quien acudía una señora a preguntarle por su caso cada semana, cuando su asunto tenía muchos años ya de haber finalizado en contra suya, pero la señora no desperdiciaba la oportunidad de ponerse sus mejores vestidos, uno arriba de otro, y adornarse la cabeza con flores artificiales para acudir al juzgado.

Al principio estas historias nos causan gracia, después pueden llegar a fastidiarnos, pero el eterno deber de escuchar a quien acude a nosotros, nos impide ignorar a estos seres especiales que no puedo decir que han perdido la realidad, sino que al contrario, la han cambiado por otra mas adecuada para continuar con su vida. Ese deber de escuchar a todos los que acuden a nosotros, que es uno de los principios de la carrera judicial (profesionalismo), se convierte en un refugio para esas personas a quienes otros, aquellos que no cuentan con la obligación de la atención, les niegan el oído, la mirada, e incluso, la existencia.

Si, es muy pesado y complicado escuchar a esa persona mal arreglada, tal vez maloliente, contarnos la misma historia diez veces en un momento, y acaso pueda nuestra cara hacer un gesto de desagrado al verlos venir a nosotros con la misma cantaleta de todos los días.

Pero, reflexionando en ello, puedo decir que el servicio público, además de ser necesario para resolver los problemas de la comunidad, es tan grande que podemos ser receptores también de la fantasía de aquellos que su vida se ha transformado en una fiesta continua, o tal vez, en un inacabable trago amargo.

¡Ahí viene don Hermilo a decirnos otra vez que su familia lo ha abandonado¡, lo vemos descuidado, sucio, harapiento, que pensamos que si su familia regresara, nada más al verlo se volverían a ir. Pero estamos para atenderlo, para decirle por centésima vez que su problema no se resuelve aquí, sino en otras instancias, y él, después de un buen rato de explicaciones, se da por entendido, para regresar al siguiente día a decirnos nuevamente que su familia lo ha abandonado.

El servicio a nuestros semejantes nos pone pruebas para determinar nuestra vocación. El ser empleado de gobierno tiene mucho de apostolado. Yo he visto a quienes atienden a estas personas siempre con el mismo interés y la intención de que comprendan la raíz de su problema, aún con la certidumbre de que es un trabajo inocuo, pero también he visto a quienes no atienden bien ni siquiera al más cuerdo, mucho menos a quien llega colgado de una nube.

Pero así es nuestra función, debemos atender a todos por igual, algunos de ellos serán corteses, algunos nos tratarán mal, y otros, como a los que me refiero, nos dirán muchas cosas llenas de sueños o de pesadillas, y acaso serán más amables que los que vienen por una causa cierta. ¿Porqué entonces atender a unos bien y a otros no?, ¿acaso nuestro valor como funcionarios no se aumenta al tener el interés de ayudar a todos por igual?. Es cierto que debemos concentrarnos en aquellos casos que son 100% reales, pero navegar en esa fantasía, de alguna manera es un ejercicio para poner a prueba qué tan buenos servidores públicos somos.

¿Y la señora que inventó el jabón?, hace poco la vi vendiendo incienso en unas calles del centro de la ciudad, me vio y me reconoció después de varios años de no haberla visto, me dijo que aún la espiaban, que querían violarla porque ella había inventado el jabón y ..., y me siento orgulloso de decir que yo la escuché como la primera vez, atentamente.

No hay comentarios.: