Doña Concepción (Concha, para los amigos) es una servidora pública que se encuentra dedicada a la labor de limpieza en los juzgados civiles del Primer Distrito Judicial. La conozco desde hace varios años en que coincidimos en un juzgado donde ambos trabajamos por algún tiempo. Persona de origen rural, pues es de un poblado de Zaragoza, Nuevo León, doña Concha tiene un trato sencillo y cordial, directo, podríamos decir, con el cual se puede saber de ella completamente como es, que piensa y que siente.
En una primera impresión me di cuenta que, como la mayoría de la gente, marcaba una sana distancia entre las demás personas, pero bastaba una sonrisa o una charla informal para romper la frágil barrera que abría paso a su vida y sus sentimientos, los cuales, debo decir, siempre me han parecido de gran importancia porque en ellos veo el reflejo de los míos propios. Doña Concha mantenía esa misma relación con la gran mayoría de los miembros del tribunal donde me encontraba adscrito, de tal manera que era parte de nuestra convivencia diaria saber de sus inquietudes y de los desperfectos que ocasionaba.
En los momentos de trabajo, era común cuando requeríamos de su servicio, pero era más común cuando se encontraba realizando trámites sindicales, médicos, escolares, familiares, etcétera, que le impedían dar una respuesta ágil a nuestras peticiones. Extrañamente, recuerdo siempre verla con un trapo de limpieza en la mano de aquí para allá, pero no la recuerdo usándolo. De hecho, le hacíamos bromas inocentes para molestarla, por ejemplo, le decíamos que la gente de mantenimiento le iba a dar un premio porque cuando hacían revisión notaban lo bien que cuidaba la escoba y el trapeador que siempre parecían nuevecitos. Si bien es cierto se enojaba, también lo es que esto era sólo un momento, para después seguir con sus tareas con la mejor de las sonrisas, aunque no con mucha disposición, de tal forma, un compañero antes de saludarla siempre le decía: ¡no haga concha, doña Concha!
Después de que han pasado algunos años, hace poco recordé que en una ocasión doña Concha sorteaba una muñeca de porcelana a través de una rifa entre amigos, la gente le bromeaba diciendo que esa muñeca la rifaba cada año, provocando su enojo, pero obviamente lograba el objetivo de vender los boletos. Tal recuerdo fue un detonante para que vinieran a mi mente las imágenes claras de mis compañeros de ese tiempo, de mis afanes, así como de todo aquello que en su momento me puso en el lugar en que me encuentro ahora. He reflexionado también que, por muy inocuo que parezca, doña Concha tuvo mucho que ver en ello, pues definitivamente mi vida no hubiera sido igual sin su presencia y sin las cosas que ahora recuerdo con nostalgia o con una carcajada.
Las relaciones que hacemos con quienes interactuamos diariamente nos puede dar muchos beneficios si ponemos nuestro empeño en que éstas siempre tengan como fundamento la solidaridad y el respeto. La comprensión, la intimidad y todo aquello que fortalece nuestra convivencia hasta llevarla a un plano de amistad, sólo se nutren en la coexistencia constante, donde además prevalece el interés mutuo.
Un viejo refrán reza que “valen más amigos que dinero” y es cierto, no por el importe material, claro, sino porque existen muchas situaciones donde la posibilidad económica no podrá ayudarnos para salir adelante, sino que solamente podremos hacerlo con la cooperación de alguien que estime invertir sus recursos en nosotros, lo que puede esperarse únicamente de un amigo.
Nuestra vida nos arroja muchos ejemplos, de cuando ocupamos de esto o de aquello, habiéndonos apoyado en diversas personas a las cuales correspondimos en esa confianza, o bien, estuvimos pendientes de sus intereses.
Esto es tan importante que malamente sólo lo valoramos cuando pasa la situación desagradable de saber que un amigo nos ha dado la espalda. Sabiéndonos traicionados, nos dejamos llevar algunas veces por el odio y el rencor. Sin justificar esto, trato de entenderlo como el saberse robado, víctima de aquél del que nunca se esperaba la traición. Sin embargo, lo anterior puede compararse con el perder a un amigo en la muerte, ya que en ambos casos, es imposible recuperarlos, a pesar de ello, existe un consuelo en ambas situaciones, el perdón para lo primero y la resignación para lo segundo. Al final, el sufrimiento viene no por la traición, sino por la pérdida del ser al que se le confió, intimó y amó, hasta al día del suceso fatal. Sucede que en tales casos, se sufre porque no se pierde un extraño, sino alguien que se quería como si fuera uno mismo, tal como lo refiere San Agustín al hablar de la muerte de un amigo íntimo, al que consideraba la “mitad de su alma”: “Porque yo sentí que mi alma y la suya no era más que una en dos cuerpos, y por eso me causaba horror la vida, porque no quería vivir a medias, y al mismo tiempo temía mucho morir, porque no muriese del todo aquél a quien había amado tanto”.
Apreciar a quienes nos quieren bien y se preocupan por nosotros, tal vez en mayor medida de lo que nosotros lo hacemos por ellos, es fomentar una vida tranquila, puesto que como barcos habremos de llegar a esos puertos de fraternidad cuando tengamos problemas, cansancio, hambre o frío. Los múltiples frutos de la amistad no sólo nos llevan a sentirnos seguros, sino saber que trascendemos aún más allá de las distancias y del tiempo, acaso de la muerte, como lo dice Marco Tulio Cicerón: “Pues el que mira a un amigo verdadero, lo está viendo como una imagen de sí mismo. Por lo cual los ausentes están presentes, los que necesitan algo lo abundan en todo, los débiles se sienten fuertes, y –lo que es más difícil de afirmar- los muertos viven, ya que así de grande es el honor, la memoria y la añoranza de los amigos que les acompañan”.
Lo mejor de todo es que la amistad es la fruta en un jardín, basta estirar la mano para tomarla, así, volteemos a nuestro alrededor y nos daremos cuenta de cuan vasta es la oportunidad de hacer crecer nuestra amistad.
Por mi parte, me congratulo en mis recuerdos, a la vez que procuro valorar ampliamente a los que me acompañan diariamente, como considero que lo hice con aquella señora que aún anda dando guerra en los tribunales con sus artilugios de limpieza (siempre nuevecitos), sintiéndome contento de decir a aquel que anda distraído en el trabajo: ¡no haga concha, doña Concha!
En una primera impresión me di cuenta que, como la mayoría de la gente, marcaba una sana distancia entre las demás personas, pero bastaba una sonrisa o una charla informal para romper la frágil barrera que abría paso a su vida y sus sentimientos, los cuales, debo decir, siempre me han parecido de gran importancia porque en ellos veo el reflejo de los míos propios. Doña Concha mantenía esa misma relación con la gran mayoría de los miembros del tribunal donde me encontraba adscrito, de tal manera que era parte de nuestra convivencia diaria saber de sus inquietudes y de los desperfectos que ocasionaba.
En los momentos de trabajo, era común cuando requeríamos de su servicio, pero era más común cuando se encontraba realizando trámites sindicales, médicos, escolares, familiares, etcétera, que le impedían dar una respuesta ágil a nuestras peticiones. Extrañamente, recuerdo siempre verla con un trapo de limpieza en la mano de aquí para allá, pero no la recuerdo usándolo. De hecho, le hacíamos bromas inocentes para molestarla, por ejemplo, le decíamos que la gente de mantenimiento le iba a dar un premio porque cuando hacían revisión notaban lo bien que cuidaba la escoba y el trapeador que siempre parecían nuevecitos. Si bien es cierto se enojaba, también lo es que esto era sólo un momento, para después seguir con sus tareas con la mejor de las sonrisas, aunque no con mucha disposición, de tal forma, un compañero antes de saludarla siempre le decía: ¡no haga concha, doña Concha!
Después de que han pasado algunos años, hace poco recordé que en una ocasión doña Concha sorteaba una muñeca de porcelana a través de una rifa entre amigos, la gente le bromeaba diciendo que esa muñeca la rifaba cada año, provocando su enojo, pero obviamente lograba el objetivo de vender los boletos. Tal recuerdo fue un detonante para que vinieran a mi mente las imágenes claras de mis compañeros de ese tiempo, de mis afanes, así como de todo aquello que en su momento me puso en el lugar en que me encuentro ahora. He reflexionado también que, por muy inocuo que parezca, doña Concha tuvo mucho que ver en ello, pues definitivamente mi vida no hubiera sido igual sin su presencia y sin las cosas que ahora recuerdo con nostalgia o con una carcajada.
Las relaciones que hacemos con quienes interactuamos diariamente nos puede dar muchos beneficios si ponemos nuestro empeño en que éstas siempre tengan como fundamento la solidaridad y el respeto. La comprensión, la intimidad y todo aquello que fortalece nuestra convivencia hasta llevarla a un plano de amistad, sólo se nutren en la coexistencia constante, donde además prevalece el interés mutuo.
Un viejo refrán reza que “valen más amigos que dinero” y es cierto, no por el importe material, claro, sino porque existen muchas situaciones donde la posibilidad económica no podrá ayudarnos para salir adelante, sino que solamente podremos hacerlo con la cooperación de alguien que estime invertir sus recursos en nosotros, lo que puede esperarse únicamente de un amigo.
Nuestra vida nos arroja muchos ejemplos, de cuando ocupamos de esto o de aquello, habiéndonos apoyado en diversas personas a las cuales correspondimos en esa confianza, o bien, estuvimos pendientes de sus intereses.
Esto es tan importante que malamente sólo lo valoramos cuando pasa la situación desagradable de saber que un amigo nos ha dado la espalda. Sabiéndonos traicionados, nos dejamos llevar algunas veces por el odio y el rencor. Sin justificar esto, trato de entenderlo como el saberse robado, víctima de aquél del que nunca se esperaba la traición. Sin embargo, lo anterior puede compararse con el perder a un amigo en la muerte, ya que en ambos casos, es imposible recuperarlos, a pesar de ello, existe un consuelo en ambas situaciones, el perdón para lo primero y la resignación para lo segundo. Al final, el sufrimiento viene no por la traición, sino por la pérdida del ser al que se le confió, intimó y amó, hasta al día del suceso fatal. Sucede que en tales casos, se sufre porque no se pierde un extraño, sino alguien que se quería como si fuera uno mismo, tal como lo refiere San Agustín al hablar de la muerte de un amigo íntimo, al que consideraba la “mitad de su alma”: “Porque yo sentí que mi alma y la suya no era más que una en dos cuerpos, y por eso me causaba horror la vida, porque no quería vivir a medias, y al mismo tiempo temía mucho morir, porque no muriese del todo aquél a quien había amado tanto”.
Apreciar a quienes nos quieren bien y se preocupan por nosotros, tal vez en mayor medida de lo que nosotros lo hacemos por ellos, es fomentar una vida tranquila, puesto que como barcos habremos de llegar a esos puertos de fraternidad cuando tengamos problemas, cansancio, hambre o frío. Los múltiples frutos de la amistad no sólo nos llevan a sentirnos seguros, sino saber que trascendemos aún más allá de las distancias y del tiempo, acaso de la muerte, como lo dice Marco Tulio Cicerón: “Pues el que mira a un amigo verdadero, lo está viendo como una imagen de sí mismo. Por lo cual los ausentes están presentes, los que necesitan algo lo abundan en todo, los débiles se sienten fuertes, y –lo que es más difícil de afirmar- los muertos viven, ya que así de grande es el honor, la memoria y la añoranza de los amigos que les acompañan”.
Lo mejor de todo es que la amistad es la fruta en un jardín, basta estirar la mano para tomarla, así, volteemos a nuestro alrededor y nos daremos cuenta de cuan vasta es la oportunidad de hacer crecer nuestra amistad.
Por mi parte, me congratulo en mis recuerdos, a la vez que procuro valorar ampliamente a los que me acompañan diariamente, como considero que lo hice con aquella señora que aún anda dando guerra en los tribunales con sus artilugios de limpieza (siempre nuevecitos), sintiéndome contento de decir a aquel que anda distraído en el trabajo: ¡no haga concha, doña Concha!
No hay comentarios.:
Publicar un comentario