Enrique Krauze, historiador reconocido, cita lo siguiente en su libro “La Presidencia Imperial”[1]: “... un viejo amigo de (Miguel) Alemán (Valdés) que había vivido siempre de los puestos públicos –César Garizurieta, , ...” acuñó “una de las frases más célebres del diccionario político mexicano: . Hombre coherente, cuando años después se quedó sin trabajo, se sintió a la intemperie y se suicidó.”
Traigo esta cita a colación en virtud de que hace poco tiempo tuve una reunión con algunos amigos de la generación de la facultad de derecho a la que pertenezco, mismos que se encuentran trabajando en diversas ramas, entre éstas se imponen desde luego el servicio público estatal o federal, así como los abogados postulantes. Los segundos, en particular, se quejaban de la situación por la que atravesaba el foro. Por su parte, aquellos que nos dedicamos al servicio público, si bien tenemos nuestros problemas, no parecen ser tan angustiosos como quienes se dedican a ser abogados litigantes.
Se escucha cada historia que da miedo ejercer esa noble profesión, días terribles donde el litigante acudió al juzgado nada más para saber que su negocio más importante había sido revocado hasta el emplazamiento cuando ya estaba por ejecutar la sentencia, en ese momento recibió una llamada que le avisaba que un cliente que tenía un gran adeudo con él se había ido del país para no volver jamás. Salió enojado para encontrarse que su auto lucía en vez de llantas flamantes ladrillos, a punto del llanto llegó a la oficina para ver, junto a los recibos de teléfono, luz, agua, etc., un emplazamiento a huelga de su secretaria por falta de pago y prestaciones sindicales. Mientras los leía recibía una llamada de su esposa donde le decía que sus hijos necesitaban media tienda departamental, a la vez que ella le exigía vacaciones o una solicitud de divorcio.
¿De qué están hechos estos seres que resisten diariamente estas situaciones que ni siquiera Ben Hur hubiera soportado? Recuerdo que desde que estaba como meritorio, cuando me tocaba charlar con alguno de los postulantes, sus comentarios siempre iban en el sentido de lo difícil de su situación, y estoy hablando de cuando en los juzgados civiles se radicaban alrededor de 3,000 a 4000 asuntos al año, y no ahora que se han reducido en un 70% o más.
Me ha tocado vivir a través de seres muy allegados los problemas, por no decir sufrimientos, de estos profesionales del derecho, quienes tienen distintos frentes en que luchar, contra su contraparte en el juicio, contra los funcionarios públicos que deciden sus juicios e, incluso, con los propios clientes quienes regatean siempre lo convenido por sus servicios.
En lo personal, mi desempeño profesional siempre se ha dado en el servicio público, sin embargo, sin haber vivido lo que pasan estos abogados, me pregunto que motiva a estos seres que sufren reveses a diestra y siniestra, aguantando estoicamente todas estas situaciones en contra. El plano económico podría ser, pero creo que más bien se trata de cierto orgullo personal que los mueve a ser, como lo diría el Quijote, “desfazedores de entuertos”.
No digo que ser servidores públicos sea la panacea, como lo afirmaba el mentado, pues en todos los ámbitos existen problemas de diversos matices, sin embargo, al estar concientes de que nuestro trabajo garantiza al menos ciertas aspectos esenciales, debemos darnos cuenta que hemos tenido suerte en encontrar un buen lugar para ejercer la profesión.
No dejo de admirar a los litigantes por la convicción con que defienden sus posturas, esté o no esté de acuerdo en ellas, asimismo, sé que algunos no obran con mucha buena fe que digamos, pero considero que es deber el servidor público estar atento a que no se sobrepase la legalidad. En la mayoría de los casos no puede hacerse mucho por ellos, porque nuestras metas, aunque tienen el mismo camino, no son comunes.
Pero, tal vez, el ser amables cuando los atendemos, haciendo siempre válida la presunción de que acuden a nosotros con buena fe, acceder a peticiones sencillas que no violan la igualdad de las partes, mantener una oficina limpia, agradable, si bien no impedirá que dejen de pensar en el suicidio, si hará que la estancia en los juzgados sea más placentera, de tal forma que no sumemos a la enorme carga que tienen que afrontar día con día.
Por lo pronto, espero no amanecer con la noticia que alguno de mis amigos litigantes subió a la azotea del Palacio de Justicia, se enredó en la bandera y saltó con la Constitución en una mano. Exagero, lo sé, y tal vez tomo a broma algo importante, pero creo en verdad que todos, en el día común, podemos hacer algo para que nuestra convivencia como juzgadores y justiciables, sea algo mejor que una labor pública, es decir, un servicio mutuo, donde nos importe lo que ambos tenemos que decir y hacer.
[1] Enrique Krauze. La Presidencia Imperial. Ascenso y Caída del Sistema Político Mexicano (1940-1996). Tusquets Editores. México. 2003. Página 143.
Traigo esta cita a colación en virtud de que hace poco tiempo tuve una reunión con algunos amigos de la generación de la facultad de derecho a la que pertenezco, mismos que se encuentran trabajando en diversas ramas, entre éstas se imponen desde luego el servicio público estatal o federal, así como los abogados postulantes. Los segundos, en particular, se quejaban de la situación por la que atravesaba el foro. Por su parte, aquellos que nos dedicamos al servicio público, si bien tenemos nuestros problemas, no parecen ser tan angustiosos como quienes se dedican a ser abogados litigantes.
Se escucha cada historia que da miedo ejercer esa noble profesión, días terribles donde el litigante acudió al juzgado nada más para saber que su negocio más importante había sido revocado hasta el emplazamiento cuando ya estaba por ejecutar la sentencia, en ese momento recibió una llamada que le avisaba que un cliente que tenía un gran adeudo con él se había ido del país para no volver jamás. Salió enojado para encontrarse que su auto lucía en vez de llantas flamantes ladrillos, a punto del llanto llegó a la oficina para ver, junto a los recibos de teléfono, luz, agua, etc., un emplazamiento a huelga de su secretaria por falta de pago y prestaciones sindicales. Mientras los leía recibía una llamada de su esposa donde le decía que sus hijos necesitaban media tienda departamental, a la vez que ella le exigía vacaciones o una solicitud de divorcio.
¿De qué están hechos estos seres que resisten diariamente estas situaciones que ni siquiera Ben Hur hubiera soportado? Recuerdo que desde que estaba como meritorio, cuando me tocaba charlar con alguno de los postulantes, sus comentarios siempre iban en el sentido de lo difícil de su situación, y estoy hablando de cuando en los juzgados civiles se radicaban alrededor de 3,000 a 4000 asuntos al año, y no ahora que se han reducido en un 70% o más.
Me ha tocado vivir a través de seres muy allegados los problemas, por no decir sufrimientos, de estos profesionales del derecho, quienes tienen distintos frentes en que luchar, contra su contraparte en el juicio, contra los funcionarios públicos que deciden sus juicios e, incluso, con los propios clientes quienes regatean siempre lo convenido por sus servicios.
En lo personal, mi desempeño profesional siempre se ha dado en el servicio público, sin embargo, sin haber vivido lo que pasan estos abogados, me pregunto que motiva a estos seres que sufren reveses a diestra y siniestra, aguantando estoicamente todas estas situaciones en contra. El plano económico podría ser, pero creo que más bien se trata de cierto orgullo personal que los mueve a ser, como lo diría el Quijote, “desfazedores de entuertos”.
No digo que ser servidores públicos sea la panacea, como lo afirmaba el mentado
No dejo de admirar a los litigantes por la convicción con que defienden sus posturas, esté o no esté de acuerdo en ellas, asimismo, sé que algunos no obran con mucha buena fe que digamos, pero considero que es deber el servidor público estar atento a que no se sobrepase la legalidad. En la mayoría de los casos no puede hacerse mucho por ellos, porque nuestras metas, aunque tienen el mismo camino, no son comunes.
Pero, tal vez, el ser amables cuando los atendemos, haciendo siempre válida la presunción de que acuden a nosotros con buena fe, acceder a peticiones sencillas que no violan la igualdad de las partes, mantener una oficina limpia, agradable, si bien no impedirá que dejen de pensar en el suicidio, si hará que la estancia en los juzgados sea más placentera, de tal forma que no sumemos a la enorme carga que tienen que afrontar día con día.
Por lo pronto, espero no amanecer con la noticia que alguno de mis amigos litigantes subió a la azotea del Palacio de Justicia, se enredó en la bandera y saltó con la Constitución en una mano. Exagero, lo sé, y tal vez tomo a broma algo importante, pero creo en verdad que todos, en el día común, podemos hacer algo para que nuestra convivencia como juzgadores y justiciables, sea algo mejor que una labor pública, es decir, un servicio mutuo, donde nos importe lo que ambos tenemos que decir y hacer.
[1] Enrique Krauze. La Presidencia Imperial. Ascenso y Caída del Sistema Político Mexicano (1940-1996). Tusquets Editores. México. 2003. Página 143.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario