miércoles, 16 de mayo de 2007

El monstruo comelonches

Sin duda es un personaje que se ha hecho presente en nuestra vida en los juzgados. Alguno de los lectores recordará aquella ocasión en la cual su esposa (o madre, según sea el caso), preparó aquel rico guisado exclusivamente para engullirlo a mitad de la jornada laboral, y así, después de su degustación, seguir con la ardua tarea judicial. Sin embargo, a la hora de saborear aquél rico manjar, nos topamos con la desagradable sorpresa de que tal pábulo (o sea, comida), ha desaparecido para encontrarse seguramente en la panza del temido protagonista.

Obviamente, cuando vivimos esta experiencia, pasamos de la sorpresa a la indignación, culpamos a todos por igual, e ideamos la más terrible de las venganzas, como el poner aceite de ricino en la próxima comida que llevemos al juzgado. El monstruo comelonches comúnmente tiene el poder de transformarse en el monstruo robaplumas, tomacocas, sacadulces, y un sinfín de variedades de la más terrible calaña. Los daños que esta figura puede ocasionar en los centros de trabajo es escalofriante, pues no sólo podemos hablar del plano material o alimenticio, sino incluso nos lleva al orden moral.

En efecto, cuando este tipo de hechos suceden, se disminuye la confianza entre los compañeros del recinto judicial, la duda envuelve a los que conviven con nosotros, minando por consecuencia la oportunidad de interacción, sucede esto porque el comelonches no da la cara, se oculta, confunde y miente deliberadamente para esconder su acto, o peor, para imputárselo a un inocente. Debemos reflexionar en el hecho de que si a una persona le roban su alimento, aunque parezca algo inocuo, no lo es de ningún modo, porque esto es la confirmación de que nuestro ambiente laboral carece de valores y de integración. ¿Qué otra cosa se puede decir de una oficina donde se encuentra una persona con tan poca moral para sustraer las cosas de los demás?. Peor aún, existen alguno cínicos que dejan en el lugar donde estaba la comida una nota dando las gracias por tan suculento platillo, y otros majaderos que dan recomendaciones porque le faltó sal o algún ingrediente.

También debemos preguntarnos qué lleva a una persona a cometer un acto tan bajo como robar comida: “el hambre” puede contestarse fácilmente, pero ¿en verdad existe algún famélico en un centro de justicia?. Es difícil imaginarse que pasa por la mente de la persona que en el conocimiento que un compañero (no un extraño) ha preparado su vianda con cuidado y la ha puesto a buen refugio, busque un momento de descuido para tomarla con premeditación, dar cuenta de ella y salir por la vida como si no hubiera ocurrido nada. ¿Acaso lo anterior no es igual que si se tomara dinero, alhajas o algún otro bien material?.

Pero sobre todo pensemos en la afectación que se hace al grupo de trabajo. Sabemos que para que un órgano de justicia trabaje adecuadamente, sus componentes deben encontrarse bien relacionados, de tal forma que la confianza mutua sirva como sustento al cumplimiento de los deberes, en mayor medida en un trabajo como el nuestro donde mediamos en pleitos cerrados, donde la discordia es el pan de todos los días. Para esta actividad, personas sin el perfil adecuado, que roban a sus compañeros en cualquier medida, sembrando por consecuencia el temor y la desconfianza, son algo que debemos atender con cuidado. Por lo anterior, debemos eliminar por completo esta plaga de monstruos.

El primer gran remedio es la denuncia franca y abierta contra este tipo de hechos, pensemos “ahora es la comida, ¿y mañana?”. Asimismo, nuestros líderes deben marcar pautas para garantizar entre nosotros la confianza y sancionar a los culpables de estos actos, sin excusas e inmediatamente, pues debemos poner el ejemplo en cuanto a nuestra calidad de impartidores de justicia. Pero tal vez, lo más importante sea el compañerismo y la cooperación, pues en la medida en que nos ayudemos mutuamente desaparecerán las oportunidades para que el monstruo comelonches aparezca de nuevo. Basta recordar los consejos de nuestros padres, o bien, las bases fundamentales de todo ser humano, las cuales se manifiestan de diferentes maneras, como en la Biblia, donde se nos dice:

“Mejores son dos que uno: porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayere, el uno levantará a su compañero: pero ¡ay del solo! Que cuando cayere no habrá segundo que lo levante. Y si alguno prevaleciere contra uno, dos resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto” Proverbios 4:9-12

La respuesta, como siempre, está en nosotros y debemos encontrarla pronto, no sea que en un futuro nos veamos en el espejo y nos encontremos con un feo, horripilante, monstruo comelonches.

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