miércoles, 16 de mayo de 2007

Con mis impuestos te pago¡¡¡

Volteas para ver detenidamente a la persona que ha proferido esas palabras y te das cuenta que lo mas probable es que sólo conoce donde está Hacienda porque ahí es donde está la parada del camión. No se detiene en decir la sarta de barbaridades que se le vienen a la mente: - “Tu estás para servirme, eres un … burrócrata (sic), ¿cuál calidad? ¿cuál calidad?”, etc., mientras que tu sólo contemplas su camisa de tigres (pirata), sus pantalones floreados y los tenis que próximamente recibirán su medalla por 25 años de servicio. Existen otras personas que no sólo se conforman con gritarnos esas cosas, sino que incluso amenazan con llamar a su amigo el juez, magistrado, presidente, gobernador, senador, diputado y no se cuantos títulos más, para que nos ponga en nuestro lugar.

También nos toparemos con aquellos seres agradables (no hay pillo que no se agradable) que nos solaza, nos da por nuestro lado, para después pedirnos de la manera más sencilla que hagamos algo deshonesto. Bueno, como dice el dicho, al caballo hay que hacerle caricias para montarlo. ¿Qué hay del otro?, el que amablemente nos distingue con su fastuosa generosidad de regalarnos un gansito para después pedirnos que le saquemos unas 3000 copias a costa del juzgado.

No cabe duda, llegan a nosotros los seres más especiales, desde aquellos que deslumbran por sus buenos modales como por otros que deberían estar sujetos a una evaluación psiquiátrica. Es claro que no podemos elegir a cuales atender y a cuales no, porque nuestra función nos obliga a hacerlo por igual, pero es esencial que siempre exijamos el debido respeto.

La educación, los modales y el lenguaje, son significantes para todos, tanto para los que servimos como para los usuarios, por lo que debemos mantenernos en un plano de igualdad. Pero de pronto, sin pensarlo, podemos acabar en una situación desagradable. Los factores que influyen en esto pueden provenir de ambos lados, sin embargo, el estar en el sitio del servicio público nos encamina a tener un peldaño más alto de dignidad. Lo anterior no es porque tengamos el carácter de autoridad (que incluso es otro valor), sino porque nuestra responsabilidad nos enfrenta a establecer cosas que resultan incómodas e incluso indeseables para aquellos a quienes atendemos.

Decir siempre que sí, o tratar de quedar bien con todo mundo, es un lujo que no podemos darnos puesto que siempre estaremos en desventaja. Todo mundo espera de nosotros una respuesta favorable a sus pretensiones por más mínimas que estas sean, desafortunadamente esto no puede ser así por simple lógica, hay cosas que podemos hacer y cosas que no. Lo malo es cuando no podemos llevar a buen puerto esa comunicación y aquél a quien negamos algo, arremete contra nosotros con una sarta de insultos de todos los grados posibles. ¿Qué hacer cuando esto pasa?, es probable que sientas que te sube la sangre a la cabeza y un calor te invada el cuerpo, tu mente empieza a buscar los insultos adecuados del vasto catalogo que tienes, piensas si le dolerá más que le recuerdes a su mamacita u otro pariente cercano. De repente, cuando estas apunto de abrir la boca, algo te impide proferir la larga lista que ya tienes preparada contra esa persona, no sabes que es, pero te contiene, te calma y terminas callado. Haces uso de tu educación, tus valores, tus buenos modales y simplemente sigues el lo tuyo, mientras que aquél que vocifera ante ti, sigue diciéndote improperios de toda clase. Sin embargo, también puede pasar que agarres ese anzuelo y de pronto, cuando te des cuenta, ya lo hiciste que se comiera un expediente de tres tomos con todo y sus 243 anexos.

En el primer caso, hemos escalado ese peldaño de dignidad y nos hemos alejado del nivel de la violencia verbal sin otro método que el de aplicar la tolerancia, en el segundo, hemos denigrado el respeto al ser más importante, nosotros mismos.

La tolerancia se da en muchos aspectos, en el laboral, religioso, político, filosófico, etc. Así también en la voluntad para hacer las cosas de una manera que, apegada a la verdad y a los valores, tal vez vaya en contra de la costumbre. Cuando alguien nos pide hacer algo deshonesto, podemos ofendernos e incluso reclamar, pero bastará con negarnos dignamente a hacerlo para cumplir con la firme idea de hacer valer la ética que impera en nosotros y que queremos que impere en los demás.

Es cierto, no somos monedita de oro, habrá a quién le caigamos bien y a quién le caigamos mal, incluso habrá quien piense que estamos en ese círculo de la ofensa o la corrupción, pero tolerar, siempre tolerar, hará que en una conclusión futura, la totalidad de nuestros actos nos ponga en el verdadero lugar donde debemos estar.

Lo dijo Ocampo con un aire de infalibilidad: “hay aves que cruzan el pantano y no se manchan” (obviamente Ocampo no era tigre ni rayado). Lo podemos decir también nosotros sin tanta solemnidad, pero con igual fuerza, haciendo lo que nos corresponde conforme lo dicen nuestros procedimientos administrativos y legales, aplicando para lo no escrito, lo que sea de acuerdo a la honradez y la decencia. Al final, estando convencidos de nuestro actuar, tendremos la seguridad que la tranquilidad de conciencia se sustenta en el cumplimiento de nuestros deberes, si alguien piensa que no es así, pues en realidad no importa para nuestros fines, y si actúa para desprestigiarnos, son los hechos lo que hablan al final de la jornada.

Enojarnos cuando alguien nos ofende es el camino natural, es decir, el primitivo, pero quien ostenta educación y amor a si mismo, aplica la indiferencia y el entendimiento. Claro que no hablamos de sumisión, ni de permisivismo, hablamos de una disposición del ánimo para permitir que los otros piensen o actúen de forma distinta a la nuestra. El bien y el mal coexisten en todos nosotros. Reaccionar con violencia nos lleva a un camino oscuro y sin dirección, donde nos perderemos invariablemente. Gandhi lo dijo de una forma sencilla: “si respondemos ojo por ojo, lo único que conseguiremos será un país de ciegos”.

Este mensaje no tiene el fin de enseñar, sino de hacer una reflexión de la inmensa labor que implica prestar un servicio público, donde nuestras principales armas serán los valores humanos que viven en nosotros. El Poder Judicial del Estado de Nuevo León, en su esencia, representa la justicia que nos reconoce como seres humanos de igual calidad. Entonces, pongamos un valor agregado para elevar esa conciencia y así estar a la altura de la institución a la que pertenecemos.

Pienso entonces que si alguien nos vocifera “¡con mis impuestos te pago!”, si tenemos que responder algo, nuestra única opción es decir, con todo respeto, “Gracias por cooperar”.

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